Qué bueno, porque alegra tanto tu pared azul...
Quién sabe si te trae recuerdos; me conformo con que te traiga unos trazos de luz.
¿Quién dijo que todo está perdido?
yo vengo a ofrecer mi corazón,
tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
No será tan fácil, ya sé qué pasa,
no será tan simple como pensaba,
como abrir el pecho y sacar el alma,
una cuchillada del amor.
Luna de los pobres siempre abierta,
yo vengo a ofrecer mi corazón,
como un documento inalterable
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Y uniré las puntas de un mismo lazo,
y me iré tranquilo, me iré despacio,
y te daré todo, y me darás algo,
algo que me alivie un poco más.
Cuando no haya nadie cerca o lejos,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
cuando los satélites no alcancen,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Y hablo de países y de esperanzas,
hablo por la vida, hablo por la nada,
hablo de cambiar ésta, nuestra casa,
de cambiarla por cambiar, nomás.
¿Quién dijo que todo está perdido?
yo vengo a ofrecer mi corazón.
[Fito Paez_Mercedes Sosa]
Dicen que es un secreto; que es poderoso, casi explosivo.
Que todos podemos usarlo porque la ecuación es simple: si lo tienes en tu cabeza, lo ves y luego puedes tocarlo.
Obviamente, por mi cabeza pasan remolinos y remolinos de las cosas que quiero ver aparecer y llenar todos mis bolsillos. Y yo adoro la idea de poder querer tanto tanto que algo pase que me transforme en un generador magnético gigante de mi propia alegría.
Abrí los ojos de a poco gracias a la luz de las 11 de la mañana. Aunque ya era un lugar común, seguía siendo un lugar extraño; esa ventana, las cortinas, otro techo, otros muros…la lámpara de papel globo anaranjada que me gustaba. Creo que siempre desperté primero, en silencio y desorientada, un tanto perdida en la sensación de estar equivocada, en el lugar equivocado. Quieta, tuve tiempo de mirar todo, de memorizar las piezas de ese espacio tan poco mío y tan distinto. Tiempo de preguntarme tantas veces, quizás todas las veces, por qué tenía frío en una cama como esa....
Repasé meticulosamente la noche anterior…vaya…tantas cosas que no dije, tantas cosas que no hice… tantos gestos tan míos anulados por esa desconfianza que no me dejó ser realmente yo. Me sentí un poco tonta y me sentí atada, confundida y ofuscada sin saber si moverme o quedarme inmóvil. Quería salir de ahí rápido, invisible, ingrávida, flotando hasta la puerta, el ascensor, la calle. O quería quedarme ahí y moverme, hacer ruido, preguntar por qué, qué pasa, qué es esto. Pero no logré decidirme, no logré concentrarme, no logré volver a ser yo, la conflictiva, la que no acepta la indiferencia, la que no tolera la estupidez, la que no se queda callada si no está de acuerdo. Y no logré tampoco levitar y volar lejos de ahí. No logré escaparme de ese, mi propio episodio de la dimensión desconocida en donde todo parecía tan posible y tan absurdo en partes iguales. Miré todo una vez más, memoricé lo que faltaba. Jugué a acariciar cada centímetro, a perforar las paredes, a ver lo que había adentro. Soñé un rato que podía llegar al centro, a ese corazón rodeado por todas las rejas del mundo y un campo minado y un foso con cocodrilos…que podía saltar, correr y pasar ilesa, tocarlo. Y desperté luego con la seguridad de no tener la energía para pelear esa guerra, con el dolor punzante de la impotencia y el cansancio que deja la frustración.
Entonces, derrotada, cerré los ojos para dormir un rato más, descansar de mi fantasía épica. Seguramente, el inminente sol de las 12 iba a despertarme otra vez…
Tienes esa cosa gatuna, ese aire felino, ensamblaje perfecto entre elegancia e indiferencia que ejerce una atracción sobre mí de esas terribles.
Por eso caí finalmente, mis maniobras de esquive no resultaron; tus ojos, agudos y precisos, me miraron sin verme y me invadieron; aún cuando te mostraste arisco y frío, quice sentir tu pelaje y acariciarte y abrazarte. Y quice pensar en tí mientras sentía que me ignorabas y me dejabas fuera de tu universo.
Incluso esperarte, sin saber si volverías o si vencería tu sangre traidora y te irías a dormir entre otros brazos. Porque aunque sé que te gustaba mi cariño y te dormiste ronroneando a mi lado varias veces, recibí muy poco de vuelta.
Pero así y todo, lograste conquistar una parte de mí que se hubiera quedado acariciando tu espalda sin perder la esperanza de que decidieras quedarte por más tiempo.
Me siento como una inválida. Una semana y media ya sin poder correr, con una pata jodida con una tendinitis que nunca antes me había dado, ni en mis tiempos mozos de patinadora, ni cuando me colgaba del trapecio, ni cuando me hice adicta a la danza, ni con las patadas que aprendí en tae kwon do, ni con mi prueba con el yoga… pero quice dármelas de deportista públicamente y empezar a trotar y listo: tendinitis.
Una semana casi desde el diagnóstico, con el estómago hecho pelota con los antinflamatorios y una leve-ridícula cogera que no puedo evitar porque de verdad duele. Y además de sentirme como gato enjaulado porque no puedo salir ni a caminar un rato, me siento pesada, un poco ahogada, sin poder salir a correr unos kilómetros mientras escucho música y pienso en el ritmo de mi respiración para no cansarme. Porque este encierro sí que me cansa.
Hoy hubiera corrido
Hoy, la maratón y esa sonrisa me hicieron falta.